Esposo convierte la vida de su esposa moribunda en un cuento de hadas

Este gallardo inglés supo convirtir los últimos días de su amada, enferma de cáncer, en un cuento de hadas.

Esta historia no tiene nada que envidiar a las bellas historias de los cuentos de hadas… El inglés William Cheney se casó con Catherine Roseway de Voronezh, a pesar del veredicto de los médicos. Poco tiempo después, la pareja viajó hacia los diferentes rincones del planeta — el enamorado norteño añoraba mostrarle lo mejor del mundo a su bella amada. Visitaron Escocia, Francia, Turquía, Holanda, Italia, Bélgica, Grecia, Filipinas, Seychelles, el Caribe y Maldivas…

«Quiero nadar en el océano», — le comentó un día Katia. Fue durante su último viaje a las Maldivas en julio de este año. Ya era débil, casi no podía comer. Los analgésicos ya no ayudaban… William se esforzó por cumplir el deseo de su esposa, acomodándola en un anillo de goma. «El mar era cálido y tranquilo. Mi princesa se sentía flotando en las olas, como en la ingravidez, — recuerda Cheney, — Katya dijo que era una sensación increíble. Tenía los hombros descubiertos, le advirtí: ten cuidado, puedes quemarte. Pero me dejó claro… no importa… Seis días después, ya no estaba…»

Amor a primera vista

William llegó a Moscú hace 14 años. Primeramente estudiaba la lengua en MGIMO, y después, se dirigió a Stavropol para dirigir la empresa de su padre. «Desde los años 90 mi padre lidera el agro-comercio con Rusia. ¡Me enamoré de este país! Regresé a Inglaterra y me gradué de agrónomo en la prestigiosa Universidad Harper Adams», — cuenta William.

«En noviembre de 2011, llegué a Voronezh. Planifiqué pasar solo un par de días para ver la granja, la ciudad, las condiciones de trabajo. Fui a la oficina y… fui recibido por Kate. Ella trabajó como asistente e intérprete del Director General. ¡Fue un amor a primera vista! Quería despertarme cada día con su sonrisa. Mi vida recobró el sentido…

William intentó conquistar a la chica por más de un año. Una vez la invitó a una cita, pero… ella llegó con una amiga. «Hablamos mucho, le ayudé a Katusha a mejorar el inglés, y ella a mí el ruso. Los enamorados de Katya siempre le enviaban los ramos de rosas. Pero yo quería sorprenderla.

La oportunidad se presentó después de las vacaciones: Kate comentó que le encantaría probar una vez más un pastel que un día probó en Portugal. Decidí hacerla feliz, y así fuimos a Inglaterra, a un lugar donde los portugueses tienen una tienda, vendiendo sus delicias prefabricadas. Compré y horneé un pastel para mi amada. ¡Sobra decir que quedó extasiada!» La chica apreciaba los regalos de Will, pero… los sentimientos no eran compartidos.

A pesar de todo…

En la primavera de 2012, ella no vino a trabajar. Sin comentar nada a nadie, excepto a su hermana Masha, Katia fue al Blokhin Cancer Research Center en Moscú. Los médicos sospechaban que tenía cáncer del apéndice. Al conocerlo, William la apoyó. En 2007, se resolvió lo de la apendicitis, se trataba de un tumor benigno. Pero exactamente cinco años después, el dolor regresó. El chequeo mostró que en la cavidad abdominal se desarrollaba una formación cancerígena, y el estadio era uno de los últimos…

Después de una cirugía complicada, la joven fue dada de alta. El médico que la trataba, dijo que habían hecho todo lo posible, pero con esta enfermedad, no le daban más de cinco años de vida. En verano, desmejorada Kate volvió a Voronezh. Se negó a solicitar la ayuda por la discapacidad y se incorporó al trabajo.

«Cuando vi a mi amada, no pude evitar admirarla, — comenta Will, — Kate se reunió con los amigos, pasó tiempo con mi sobrinito Stepan. Pero a mí me veía sólo como un amigo. A finales de agosto me animé: directamente en la escalera, le dije que estoy locamente enamorado de ella. Todo resultó de una manera un poco infantil, pero Katyusha sonrió con una sonrisa despiadada en los labios, y me dijo: «Eres solo un buen amigo, Will».

Pero el fracaso no detuvo a William. Compró una máquina de hacer café y cada mañana, preparaba para su amada su adorable capuchino. Inventaba sorpresas y regalos… El tiempo pasó, y evidentemente, tal cortejo no pasó desapercibido. Todos los amigos y colegas de Kate le aconsejaban que le prestara atención al gallardo inglés. «En marzo de 2013, Katia me invitó al carnaval que se celebraba por la llegada de la primavera.

Despidiendo el invierno, nos hemos reunido en un restaurante en el círculo de sus amigos. ¡De pronto comence a sentir que el hielo comenzaba a derretirse! La semana siguiente, la invité a ir a las carreras de kart… Luego al club de la cacería. Y allí fue la primera vez que ella se me acercó y me dió un beso, uno de verdad. ¡Yo estaba en el séptimo cielo! Ya yo sabía sobre el diagnóstico, pero honestamente, nada de eso me importaba…»

En junio, programaron sus primeras vacaciones en Santorini. «Ese verano, Kate se lucía muy hermosa y feliz», — dice William. Parecía que la enfermedad había retrocedido, y el apetito había vuelto. De vuelta a Voronezh, comenzaron a prepararse para el viaje al Caribe. Katia solicitó la visa británica — Will quería presentar a su amada a la familia. «Ahora pienso que Kate vivió a través de estos viajes. Animada, trazaba las rutas, leía sobre la cocina, tradiciones, compraba y se probaba los trajes, arreglaba sesiones de fotos».

Los amantes viajaban al extranjero cuatro o cinco veces al año. «La Navidad la celebrabamos tradicionalmente en Norfolk con mis padres. Para nuestra llegada, mi mamá siempre cocinaba el pavo y el pudín… El 27 de diciembre de 2013, después de Inglaterra, fuimos a Barbados. El mar levantaba enormes olas, y nos alejabamos de ellas, entre risas. Abracé a Kate, le besé el pelo rizado, los ojos almendrados y supe que estaba dispuesto a darlo todo, por tenerla a mi lado para siempre…»

La isla de Santa Lucía era un verdadero paraíso. Allí en la playa, William organizó una cena romántica y, de rodillas, le ofreció a Kate el anillo de su abuela, le propuso el matrimonio y, por fin, escuchó tan esperado y tan ansiado «Sí».

La boda italiana

Celebraron una hermosa boda en la isla de Cerdeña. «Después de la ceremonia, comenzó un fuerte aguacero, y nos escondimos bajo un dosel. La miré, aún no podía creer que tuviera la suerte de ser su marido. Sí, sabía que en cualquier momento nuestro mundo se vendría abajo. Pero siempre tenía presente estas palabras — Es mejor haber amado y perdido que jamás haber experimentado este sentimiento».

Después de la boda, Kate se mudó de la casa de sus padres para el apartamento que Will había alquilado. Trató de disfrutar la vida, puso todo el empeño en eso. Juntos viajaron a Escocia, Francia, Turquía, Holanda, Italia, Bélgica, Grecia, Filipinas, Maldivas, Seychelles, el Caribe…

«Todo el dinero gastado en los viajes, — dice William, — podría alcanzar para comprar una casa, un coche caro. Pero me di cuenta que mucho más importante para mí era mostrarle a mi esposa el mundo, llenarla de recuerdos vivos». Cada tres meses, Kate enviaba los resultados de las pruebas al Centro de Oncología de Moscú. Las respuestas llegaban, mostrando una condición estable.

Pero hace dos años, vino el primer mal pronóstico: el tumor comenzó a crecer rápidamente. Will decidió acudir a las clínicas extranjeras, pero todos sus intentos fueron denegados. La respuesta en todos los lados fue la misma: «El Doctor dice que su amada puede morir en la mesa de las operaciones. No podemos asumir ese riesgo».

Al final de la primavera, Kate pasó por mucho estrés: su amiga Lyuba perdió la vida, ella tuvo el mismo diagnóstico… Kate se sintió encerrada. «Soy la siguiente», — susurró a su amado, entre lágrimas. A pocas semanas se hizo más notable como iba desvaneciendo día a día: por la pérdida de peso, se sentía débil, mareada. Su esposo la cargaba en sus manos, tratando de satisfacer cada su deseo. El 24 de julio, la pareja volvió de de las Maldivas, su más reciente y último viaje. «Entiendo y siento que ella quiere dejarme… Discreta y silenciosamente…», — escribe William…

El 29 de julio, el corazón de Kate se detuvo. Tenía solo 36 años. «Katyusha me enseñó a apreciar lo que está aquí y ahora. Cuatro veces a la semana salgo a entrenar, me pierdo, me hundo en el trabajo. Por la noche, enciendo la computadora y miro todas estas fotos felices, estos recuerdos llenos de vida, de amor…»