Vecino de vuelo

Al ver a su compañero de viaje en el avión, él hizo una mueca de desagrado. Pero 2 horas más tarde se arrepentía de ello.

Esta historia le sucedió a un pasajero que viajaba en un vuelo regular Londres — Berlín. La curiosa situación que enfrentó pudo haber tocado a cualquiera de nosotros. Por cosas del destino, en el asiento del lado se sentó una persona, cuya presencia, como pensaba él, podría arruinarle todo el viaje. El héroe de nuestra historia ya se estaba preparando para lo peor, pero… el camino y las horas compartidas juntos, lo hicieron cambiar su punto de vista radicalmente.

«Yo entré en el avión y me senté cerca de la ventanilla, dispuesto a disfrutar tranquilamente mis pocas horas de viaje. Pronto una mujer de gran tamaño se me acercó, saludando, e introdujo con dificultad su enorme cuerpo en el asiento del lado. “¡Fue una pesadilla!”, – mis pensamientos volaban con enfado. “¡Así que me esperan dos largas horas sentado junto a este enorme monstruo, asfixiado por el olor de su sudor!”

Volví mi rostro hacia la ventana y me dispuse con resignación para tolerar su compañía hasta el mismo Berlín.

Mientras tanto, la mujer de alguna manera logró acomodarse en el asiento, y yo horrorizado sentí como su muslo se fue infiltrándose por debajo del apoyabrazos de la silla, invadiendo claramente mi espacio… Entonces, mientras yo pensaba en como reaccionar, ella me empujó ligeramente en el costado con su enorme brazo y saludó nuevamente: “¡Hola, mi nombre es Laura!”

Aunque su voz era afable y agradable, yo no tenía ganas de hablar con esta señora. Sin embargo, ella no se amilanó y continuó hablando conmigo: “Soy de Inglaterra. ¿Y usted es de Japón?”. Odio cuando soy confundido con los japoneses, por lo que solo respondí secamente: “¡De Hong Kong!”

“Oh, lo siento si le he ofendido. Yo no quise hacerlo, — dijo. — Pero, ya que tenemos que pasar las próximos dos horas juntos, ¡entonces conozcámonos!” Ella levantó la mano afablemente, y de mala gana le di los «cinco».

Mi compañera de viaje resultó ser una verdadera conversadora, y pocos minutos más tarde, me enteré de que trabaja como profesora en una escuela primaria, y que vuela a Berlín por un par de días para encontrarse con sus amigos, y que planea comprar un montón de regalos para sus estudiantes.

Cuando ella me hablaba, yo trataba de limitar mis respuestas a fraces monosilábicas o simplemente asentir con una inclinación de cabeza. ¡Pero, sin embargo, mi indiferencia deliberada no tuvo ningún efecto en mi vecina!

La mujer continuó hablando acerca de todo, con su voz dulce y educada.

Cuando antes del despegue, la azafata pasó por los pasillos para comprobar que todos los pasajeros estaban sentados cómodamente en sus lugares, lo primero que mi vecina hizo fue verificar si dejaba suficiente espacio para mí a su lado. “Usted no tiene por qué sufrir por el hecho de viajar al lado de un elefante, como yo”, — dijo con voz alegre y me guiñó desafiante un ojo. Fue la primera vez que miré con atención a mi extraña compañera de viaje.

Frente a mí se resplandecía una cara avivada y simpática, la cual literalmente irradiaba la bondad. El frío helado del desagrado que me envadía, comenzó a desvanecerse poco a poco. Sin que me lo propusiera, minutos más tarde nos dispusimos a hablar, y me di cuenta de que Laura era una interlocutora muy interesante. Ella era inteligente y culta, tenía excelente sentido del humor, no exento de auto ironía.

Cuando en el avión trajeron la cena, mi compañera de viaje tomó un flan en las manos y con una expresión triste dijo: “¡Qué lástima! que los postres aquí son tan pequeños”, — incluso la azafata no pudo evitar reírse.

Ya relajado y con más confianza, me aventuré a formularle a Laura una pregunta que me atormentaba desde el principio. Le pregunté cómo se sentía respecto a su obesidad y si no quería bajar de peso. Para mi sorpresa, la mujer no se ofendió ni un poco y reaccionó con calma a mi réplica.

“Me siento cómoda en mi cuerpo. Yo no siento ninguna molestia y no tengo problemas de salud. Estoy convencida de que es mejor pasar el tiempo en compañía de mis amigos que gastarlo en una pista de correr.

Al principio, probé con varios ejercicios especiales, pero después de ellos quedaba furiosa e irritable. Podía hasta si razón alguna, reaccionar mal para con mis seres queridos. Por lo que decidí añadirle al peso, bondad y optimismo. Me parece que cuando estoy perdiendo peso, en primer lugar, se reduce mi corazón”.

Me sentí incómodo, después de hacerle esta pregunta tan embarazosa, pero Laura continuaba expidiendo tanta energía vital, que todas mis barreras internas finalmente colapsaron. Nuestra conversación siguiente parecía más a una charla de viejos amigos que se conocen desde hace muchos años.

Cuando nuestro avión aterrizó, y llegó el momento de decirnos adiós, me sorprendí a mí mismo pensando que ya estaba comenzando a extrañarla. Hacía mucho que no charlaba con alguien tan interesante e inteligente. ¡Es increíble que tan solo dos horas atrás la llegué a considerar casi que la encarnación del mal universal! Reconsiderando mi comportamiento, me sentí terriblemente avergonzado…»

Esta historia demuestra una vez más que no se debe juzgar a las personas por su apariencia, y que en cada ser humano lo más importante es su alma, su luz interior, su energía vital. Si esta historia también te tocó bien adentro, asegúrate de compartirla con tus amigos.